Los primero años de vida son muy importantes para inculcar el orden porque los pequeños son más sensibles a este valor. La educación del orden comienza desde el mismo nacimiento, incluso antes, creando hábitos en los horarios de comida, de sueño, de higiene, etc., que son necesarios para su correcto desarrollo.
Los adultos debemos estimular la adquisición de destrezas y hábitos de orden siempre con el objetivo de que los interioricen e incorporan a su personalidad.
El oden depende de la influncia que el niño/a recibe de su entorno. Los peques imitan el comportamiento de sus padres en lugar de seguir las instrucciones de sus mensajes. Si se desea fomentar el orden, se debe comenzar por ofrecer un modelo adecuado y disponer de un ritmo de vida ordenado: ser dueños/as de nuestro tiempo y nuestra agenda de actividad diaria, plantear unos objetivos claros, concretos para cada actividad a realizar y tener un orden en las prioridades.
Cuando no hay orden, se tiende a elegir lo que menos cuesta o lo que más apetece. No se fomenta el orden si se decide colocar las cosas cuando el desorden llega al extemo de agobiarnos y ordenar supone una labro excesiva que se va posponiendo. Tampoco cuando distribuimos las cosas en cajones, estanterías o armarios al azar, sin tener un lugar específico para cada tipo de objetos.
Sin embargo, el ordene no debe convertirse en una obsersión guardando los juguetes y otras cosas de los niños/as cuando aún las están utilizando. El niño o niña aprende enseguida que cada cosa tiene su sitio, tiende a mantener ese ordene porque de ese modo sabe dónde encontrará las cosas y se divierte cuando le planteamos la actividad de ordenar como un juego divertido. Nos puede ayudar a clasificar la ropa que metemos en la lavadora y a distribuirla después de planchada en los armarios, meter las servilletas en el cajón después de comer, guardar los juguetes por tamaños, formas, colores, clases de juguetes, etc.
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